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martedì 11 novembre 2014

Los años pasan... y pesan.

Años atràs, pero no tantos; no una dècada, ni siquiera un lustro, me dirigìa al correo (Posta Italiana) a realizar unos pagos ya casi vencidos. Aquel dìa se presentaba especialmente laborioso y por ello caminaba con prisa. Iba con el pensamiento fijo en aquellos pagos y con el deseo de encontrar poca gente y salir cuanto antes.
Volteando la ùltima esquina me faltaban escasamente 50 metros (media cuadra) para llegar a las oficinas y desde allì pude ver que la fila era larga, que sobrepasaba el portòn de fierro del ingreso principal. Sin embargo, creo que fueron los rayos luminosos del sol de la mañana que despertaron mi optimismo y sepultaron el pesimismo que no logrò siquiera desperezarse dentro de mì.
Contemporàneamente mis ojos y mi mente se abrieron a la realidad que me circundaba en aquel dado momento. Vi personas que, como yo, se dirigìan al correo. Algunas estaban ya casi a la puerta, otras que llegaban de la parte opuesta. Otras aùn caminaban, como yo, con prisa delante de mì; era evidente que se dirigìan allà. Voltear la mirada hizo percatarme que otras muchas personas màs, uno màs apurado que otro, dirigìan sus pasos hacia el correo.
La Posta Italiana (correo) es una instituciòn que hace las veces de un banco. Es decir, no solo se ocupa de las operaciones propias de un correo (operaciones con misivas, telegramas y encomiendas), sino que en sus oficinas se pueden abrir cuentas de ahorro, cuentas corrientes; pagar boletas de luz, agua, gas, multas vehiculares, etc. Lo mismo, es posible efectuar compras de artefactos elèctricos y de telefonìa y hacer recargas de crèdito para los celulares. Desde hace pocos años es posible adquirir servicios de telefonìa fija y mobil, tambièn. Es el motivo que explica el por què acude tanta gente a sus oficinas todos los dìas. 
Naturalmente, tantas otras personas solo pasaban por la zona. Ver una señora que casi arrastraba a su mascotita (una perrita pequeñita, pequeñita que semejaba una chihuahuita, pero que no era tal), me hizo reflexionar: "no serìa mejor que la llevara en brazos?". Mi percepciòn aumentò (creo) y se ampliò mi campo visual, y comencè a observar con cierto detenimiento las escenas de mi rededor: Un anciano que, ayudado de un bastòn, caminaba lento, lento, como si contara sus pasos; una señora joven que llamaba ("ten cuidado, no corras...") a un chiquitìn que iba dando brincos delante mientras ella fatigaba llevando del brazo a una niñita llorosa que se resistìa a seguirla. Màs allà una anciana que caminaba ayudada por una joven acompañante y gente que iba, y gente que venìa.
Sin darme cuenta me habìa detenido a mirar aquellos cuadros de vida cotidiana: Un trìo de chicos down que pasaban alegres hicieron enternecer mis ànimos y casi, casi suelto una carcajada al ver a un cojo que caminaba solo. Su rostro era de caricatura y su caminar llamaba a risa por las contorsiones que su cuerpo estaba obligado a hacer en virtud de la pierna màs corta que, aparte, daba un espectàculo de circo cada vez que se alzaba y se volvìa a posar en el pavimento. Casi de inmediato me arrepentì de la superficialidad de mis reacciones frente a la desgracia de aquel hombre, aunque vi que otros no podìan ocultar al menos una sonrisa frente a aquel espectàculo tràgico y còmico, todo en uno, que aquel pobre hombre ofrecìa sin querer a los que transitàbamos en aquel sector de la ciudad.
Terminado el quehacer que me llevò al correo, salì de allì con premura pensando siempre en la àrdua labor que me esperaba en el hotel y con el deseo de acometer cuanto antes al desempeño de mis quehaceres. Mi presuroso caminar no me impedìa observar que todos los que transitàbamos, ìbamos con apremio. A tantos sobrepasè en el camino, pero otros tantos me sobrepasaron, era evidente que llevaban màs prisa que yo. Ver aquello, pensar a aquel fenòmeno cuotidiano del vivir con apremio, no entiendo por què, hizo que despertara en mi mente y pensamiento la filosòfica preocupaciòn sobre la razòn de la vida y de la muerte. Luego, pensar en la Ley Natural del nacer, crecer, reproducirse y morir me hicieron concluir que la filosofìa es demasiado subjetiva y que la Verdad objetiva nos lo da la Ciencia a travès del estudio de los fenòmenos que se producen en el universo entero... etcètera, etcètera. Pensar con objetividad me trajo a la mente la certeza de que cada uno de mis apurados pasos me acercaban a la conclusiòn de mi ciclo vital, al final, a la muerte. Todo visto con los ojos pragmàticos del adulto que era en aquel momento, aùn con fuerza fìsica y agilidad mental suficientes como para considerarme un ser humano in-dependiente. Retrocediendo el tiempo en mi memoria volvì a retrotraer la imagen de aquel anciano con el bastòn, de su andar pausado (como contando sus pasos) y de la certeza que habìa tenido niñez, adolescencia y juventud como el màs comùn de nuestros congèneres, y de còmo el vivir y el tiempo minaban sus capacidades. A este punto mi imaginaciòn, sin siquiera cerrar los ojos, me mostraba una especie de telòn cinematogràfico por donde desfilaban todas aquellas personas apenas vistas y muchas otras, cada quien: ninos, adultos o ancianos, con prisa o parsimonia, alegres o tristes y con la risa o el llanto que dedibujaban sus rostros, y alguien aùn, como aquel lisiado, dando aquel espectàculo tragicòmico gratuito, se dirigìan sin saberlo al ùnico lugar donde concluye aquel paseo, aventura, travesìa u odisea llamada VIDA. 
Sumido aùn en mis cavilaciones lleguè al hotel y ese hecho hizo que abandondonara aquel momento, especie de trance y despertara a la realidad.
El caso es que la historia de aquellas cavilaciones no terminan allì. Hoy, yendo al mercado munido de un bolso rodante (carrelo le llaman los italianos, se escribe carrello), a la altura de donde quedaba el correo de esta historia, mis ojos volvieron a posarse en la imagen de un niño que escapaba al control de la mamà que le corrìa detràs profiriendo palabras de advertimiento y atenciòn: "Ten cuidado, no corras tanto, espera ahì!..." y de inmediato mi mente fue catapultado a las imàgenes de lo narrado renglones arriba, pero con una realidad diferente. Ya no llevo prisa y, aùn si la circunstancia me lo exigiera, ya no estoy para trotes. Lo dije, han pasado pocos años desde aquella vez, pero esos 'pocos años' me pesan sobre las espaldas y los hombros màs que las cinco dècadas iniciales transcurridas desde la salida del vientre de mi madre. Esta sensaciòn de llevar el mundo sobre mi dèbil humanidad, es una sensaciòn reciente, de no hace mucho. Es el producto de la erosiòn que el tiempo y el diario vivir han provocado sobre mis mùsculos y huesos. 
A propòsito de 'pesan', mi padre, sin haber llegado siquiera a la ancianidad, solìa decir "Los años pasan... y pesan". Y tenìa tanta razòn.