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sabato 27 ottobre 2012

Palabras, palabras, tan solo palabras.

Creo que todo lo que nos rodea, todo lo conocido (y lo 'por conocer'), nuestros pensamientos (aún los más recónditos e íntimos) y nuestros sentimientos (todos, en absoluto) se pueden traducir en palabras, pero, me pregunto: ¿Cuánto importante puede ser una palabra?. O, mejor dicho, ¿tienen importancia las palabras?.
Las palabras, tanto escritas como habladas, constituyen un importante medio de comunicación. Con ellas puedo manifestar alegría, tristeza, miedo, pesar y todos mis estados de ánimo. Inclusive si no tengo un interlocutor, mis pensamientos los elaboro con palabras y esto me hace pensar en cuánto el ser humano ha tenido desde siempre necesidad de ellas. Pienso que esa necesidad fue lo que impulsó a los primitivos pobladores de nuestro planeta -nuestros ancestros- a 'darle sentido' a los sonidos que eran capaces de emitir sus cuerdas vocales, y a organizarlos, llegando a crear un complicado sistema fonético que luego, siglos más tarde daría lugar a lo que hoy por hoy llamamos "idioma". Desde este punto de vista, el idioma no viene a ser sino un conjunto 'casi infinito' de palabras. Los idiomas no son homogéneos ni standarizados, están en constante evolución a la par que los conocimientos, pero no son infinitos. Hemos llegado sí, a un punto en el que, inclusive, la palabra "enciclopedia" está quedando obsoleta por su insuficiente capacidad para albergar (abarcar) todas las ramas del saber, del conocimiento humano, pero no era este el discurso que quería hacer.
¿Cuánto pueden influir las palabras en nuestros ánimos? Para explicar debo recurrir a un pequeño relato: Mi padre y hermano mayor, no recuerdo bien si en el 71 o 72, trabajaban en la Carretera Tingo María-Aguaytía por cuenta de una constructora que no me viene a la memoria, creo la Laos & Bolzman, propiedad de unos judios. Los campamentos estaban ubicados en Río Azul, en terrenos que pertenecían a la Hacienda Tea Garden's. Hasta allá llegó a trabajar un ingeniero, judío también, que apenas masticaba el castellano y por ello usaba mucho el inglés. Era usual en su lenguaje "¡hijo de puta!", sobre todo cuando se dirigía a los trabajadores. Ellos, los trabajadores, lo apodaron 'el gringo sanavavich' ("son of a bitch" tenía ese sonido a los oídos de muchos). Los trabajadores reían cuando escuchaban al gringo*, también él reía de buena gana al escuchar su sobrenombre, pero la risa de los trabajadores se debía a la ignorancia, al desconocimiento del inglés. En cambio el gringo -pienso- era consciente, conocedor de que la frase ¡gringo sanavavich! era inofensiva, aún si él estaba siendo dicho '¡gringo hijo de puta!'. Esto último no lo sabían los trabajadores, pues ya su castellano dejaba mucho que desear, imaginemos si podían conocer la lengua de Shakespeare.
De aquí podemos concluir que 'las palabras' cuyos significados no conocemos, simplemente no afectan nuestros ánimos, pero mirando el tema desde otro ángulo, podemos observar que las palabras pueden o no afectarnos dependiendo del modo cómo están dichos. Si dichos con rabia, lo más probable es que nos contagiemos de ella. Si dichos con ternura, puede que nos enternezcan inclusive hasta las lágrimas. Es decir, pueden afectarnos anímicamente dependiendo del conocimiento (de la acepción de la palabra, se entiende) y del modo cómo están dichas.
Otra cosa notoria es que las palabras y las frases pierden significado con el uso masivo y demasiado frecuente. Una mentada de madre, por ejemplo, hoy por hoy se ha convertido casi en un saludo. Lo mismo que la palabra 'carajo'. Tanto las mentadas como los carajos son dichos maquinalmente, igual que los saludos.
Buenos días, buenas tardes y los saludos en general son 'buenos deseos' por parte de quien saluda, pero, ya lo dije, se han convertido en palabras vacías, casi sin sentido, porque lo decimos mecánicamente. Las Reglas de Urbanidad y Buenas Costumbres (debería ponerlo entre comillas) nos lo han impuesto y lo que se ha logrado es hacer de los que saludan unos loros que repiten 'lo aprendido' como autómatas. Otro punto de resaltar sería también la tonalidad que le damos a nuestros saludos, que dependen de nuestro humor. No saludamos igual a nuestras suegras que a las vecinas ricotonas del barrio, solo por decir.
"Es un hombre de palabra", se dice para significar que la persona es absolutamente confiable, aún cuando todo es relativo en esta vida, y muy a pesar de que de tales personas, si no han desaparecido por completo, quedan muy pocas, poquísimas. Los políticos de nuestros tiempos tienen mucha culpa para ello.
Por último, quizás convenga resaltar que usamos las palabras para traducir nuestros sentimientos y pataletas (físicas y mentales) en adjetivos e insultos cuyos significados ni siquiera conocemos. Por ejemplo, ¿Por qué nos ofendemos si alguien 'nos manda a la mierda'? ¿Es que, acaso aquel lugar existe? ¡Hijo de puta!, ¡imbécil!, ¡tarado!, ¡vete a la mismísima mierda!, ¡deficiente!, ¡gusano!, ¡cerdo! y muchas otras, algunas más gruesas que otras, son palabras que se escuchan por doquier, presuntamente para herir, para hacer daño moral, pero ¡tranquilos!, quienes las pronuncian, definitivamente, no saben lo que dicen. Repiten como el eco las palabras vertidas por otros que, podemos estar seguros, tampoco saben lo que dicen. Podríamos, mejor, compararnos con un papagallo o con un niño que está aprendiendo a hablar y de este modo canalizar mejor nuestras reacciones ante tales insultos. A propósito de 'reacciones', inclusive ellas son producto de 'la programación' recibida durante nuestro diario andar. Estamos programados para 'indignarnos' frente a determinadas palabras de nuestro idioma. Si nos insultan en chino no hacemos caso porque desconocemos el idioma. Es el mismo caso descrito, de aquel 'gringo sanavavich'. Y este tema de la 'programación' podría ser argumento para otro post.
Otro factor que debemos tener muy en cuenta para restarle importancia a los insultos es que los soltamos en momentos de rabia, cólera, ira, precisamente cuando nuestro raciocino está bloqueado. La caballerosidad, en este caso, pasada la cólera, obliga a 'dar disculpas' a quien - sin querer- ofendimos.
Como colofón y respondiendo a una de las preguntas del inicio, ¿tienen importancia las palabras?, digo: Tienen la importancia, el valor, el peso que les damos nosotros. Sin ese requisito, no dejan de ser solo palabras, palabras, tan solo palabras.

*La acepción 'gringo' inicialmente estaba referida solo a los norteamericanos, de preferencia rubios. Con el tiempo se extendió su uso y englobó a todos los rubios, sin importar nacionalidad. En la actualidad se le han agregado significados, como se puede ver en los diccionarios. Ejemplo de esto último es 'quedarse gringo' que significa en algunos paises latinoamericanos 'quedarse deconcertado' o 'quedarse en las nubes'.



martedì 9 ottobre 2012

¿Más vale solos?

"Más vale solo que mal acompañado", dice el dicho, pero...
Desde hace algún tiempo hago uso consuetudinario de la Metropolitana de Roma, Linea A. Muchas veces viajo absorto en mis pensamientos y preocupaciones, aunque digo seguido y casi con convencimiento que 'no tengo preocupaciones', que 'no tiene sentido preocuparse'. Esto último es un discurso que tiene mucho sentido, pero lo dejamos para ocasión más propicia.
Otras veces, como ayer por ejemplo, viajo atento a lo que ocurre en mi rededor, desde cuando inicio mi inmersión en las transitadas escalinatas y pasadizos que llevan hacia los circuitos subterráneos por donde circulan los trenes, pues la Metro (o Metropolitana) es un servicio de trenes bajo superficie. Cierto, en algunos tramos, circulan también en superficie, pero prevalecenn los tramos bajo tierra y por ello le llaman 'subway' en inglés.
"I can alone, thank you", me parece escuchar. Mi vista 'escapa' en la dirección de aquellas palabras y veo, sobre mi lado derecho, en el último tramo para descender a las plataformas desde donde se abordan los trenes, a una hermosa mamá. Con un 'sujeta bebés' (no sé si así se llama ese dispositivo) tiene a su linda bebé prácticamente 'adherida' a ella. Con su mano izquierda sujeta una maleta mediana, con la derecha una más grande. Al parecer está en aprietos, pero es una mamá muy fuerte, todas las mamás lo son. Sus palabras: "Puedo sola, gracias", están dirigidas a alguien ¿muy gentil? que quiere darle una mano. Contemplar aquella escena trae de inmediato a mi memoria una escena similar de unas semanas atrás donde 'el marido' va adelante con una pequeña maleta de mano y detrás una mujer que empuja un cochecito con un bebé dormido dentro y arrastra una maleta. Mirar hacia atrás y esperarla un momento es la única gentileza que se permite el tipo, de apariencia medioriental.
Mi recuerdo pasa como la gente que casi corre por las escalinatas. Se escucha por doquier: Excuse me, sorry, scusi, perdone, en boca de los que en su apuro rozan o golpean a un congénere, involuntariamente.
Un sentimiento muy profundo me impele a ir en socorro de aquella mujer con la bebé y las dos maletas, pero la escena descrita líneas arriba me hace desistir. Continúo mi camino, estoy apurado, pero no dejo de pensar en las razones de su negativa para aceptar 'una oferta gentil' de ayuda.
Mientras cavilo y camino llego a la conclusión de que -efectivamente-, Roma ya no es la Ciudad del siglo pasado, o la ciudad de solo 3 ó 4 años atrás. Actualmente -seguramente aquella mamá lo sabe-, hay que desconfiar de todo y todos. Los bolsos de mano hay que llevarlos siempre delante, no a nuestros costados y jamás a nuestras espaldas, y hay que cuidarse bien los bolsillos. La razón es que hay carteristas y pillos de toda laya que pululan al interior de los trenes (y no solo, también en los buses y tranvías), sobre todo en las horas punta. Se las saben todas los pillos estos.
La escalera mecánica está repleta, elijo las escalinatas. "Scusi", digo, pues he golpeado sin querer con mi codo a un tipo alto que, al parecer, no tiene tanta prisa como el resto, y como yo.
Ya quedaron atrás la mamá, la bebé, las dos maletas y no me hago ni idea de cómo se las arreglaría, si finalmente aceptaría la ayuda de alguna ánima gentil que, aunque no se crea, existe aún. Veo mayor movimiento en las plataformas, se deve a la llegada del tren que me llevará hasta muy cerca de casa. Se alborota la gente, los que bajan y también los que esperan abordar. Es el momento que aprovechan los carteristas...
Pero el tema de esta entrada es la soledad. "El hombre es un animal social", se dice, pero esta máxima -da la impresión-, está cayendo en desuso. De lo contrario podríamos argumentar que desde siempre ha carecido de verdad, categóricamente. O podríamos concluir también que los tiempos están cambiando -como todo en la vida- y que, hoy por hoy, los hombres (varones y mujeres, se entiende), se están dejando ganar por los avances tecnológicos. Lo digo porque veo mucha gente, entre los que suben a los trenes y aquellos que descienden de ellos, con los auriculares puestos, supongo que escuchando la música favorita, completamente cerrados en sí mismos, con apenas un mínimo de atención para no darse de narices con los muros o con otras personas. Otros que, no solo en los pasillos de la estación, dan la impresión de 'estar hablando solos', pero no, no están soliloqueando, están conversando con alguien, siempre con los auriculares puestos. Estos últimos escapan al tema de la soledad, obviamente, pues conversar telefónicamente es una forma de interactuar. Se podría argumentar lo mismo para aquel que escucha música, pero son dos cosas completamente diversas. En una conversación hay dos sujetos activos, en escuchar música solo uno.
Bueno, han pasado algunas horas y ya me hallo de regreso. De nuevo en la Metro, esta vez voy al trabajo. Por un pelo me deja un tren que se va casi vacío. Observo en la pantalla: "Prossimo treno tra 3 minuti". Tres minutos no son muchos y, puntual, arriba el otro. También está casi vacío.
Los asientos están distribuídos en grupos de cuatro y de dos a cada lado de los vagones.
Entro. Hay cuatro asientos vacíos. Me siento en uno de los extremos y recorro con la mirada a derecha e izquierda de cada lado de los vagones. Enfrente de mí hay dos señoras, cada una sentada en un extremo; es decir, hay dos asientos vacíos en medio. Sigo mirando y veo que no son solo ellas; hay también varones, igualmente sentados cada uno en un extremo. El tren avanza y yo sigo mirando. Más allá hay solo una persona sentada en un extremo de los 4 asientos. En el paradero siguiente suben varios, cada quien busca un extremo vacío. A estas alturas me pregunto: ¿Y por qué buscamos los extremos vacíos? ¿Estamos acaso cansados de vivir en sociedad y buscamos la soledad?.





lunedì 8 ottobre 2012

Un día como hoy.

Casi a escondidas, hace 59 años, vine a este mundo. Dice mi madre que escogí la madrugada 'para salir'. No sé si lloré, pues de ese detalle no se acuerda ella, yo menos, aunque pienso que sí, pues todos los bebés -o casi todos- lloran al nacer, dizque presagiando los duros golpes que le propinará la vida a partir de aquel momento.
Pero, ¡ay de aquellos que no lloren!, les cae un palmazo en la nalguita, propinado por el doctor, doctora o partera que, pienso, no les deja otra alternativa que la de soltar los gritos acompañados de lágrimas. Creo que no fue mi caso y, aprovecho para manifestar mi desacuerdo con esa práctica chocante que, para mí, es el primer trauma que se crea en el nuevo ciudadano. No sé si alguien habrá escrito al respecto, pero si no lo han hecho, es tiempo que lo hagan. Es una práctica atroz.
Sé que nací en casa y que mi abuela hizo de partera. Desconozco detalles de mi nacimiento, es posible que mi madre haya tenido problemas en 'los tiempos de expulsión', pues nací 'moradito'. Ese hecho agregado a la casi oscuridad, pues la iluminación de las habitaciones y ambientes era a base de velas y mecheros a kerosene, hizo que me endosaran, ya en aquel primer momento, el sobrenombre de "negro".
- ¡Es negro!, dijo alguien de los presentes con cierto pesar, ocultando mal su antipatía por la gente de color.
- ¡Es negrito!, dijo otra voz, distrayendo la atención de los presentes hacia aquel primero, pues negrito es ya una palabra que se puede digerir, tranquilamente.
Inconsciente de lo ocurrido, en aquellos primeros momentos fuera del grembo materno, no imaginaba siquiera los complejos que me acarrearía años más adelante aquel bendito sobrenombre.
Lo extraño, muy extraño de mi caso -lo descubrí muy tarde-, es que aquel apodo de 'negro', que para nada me gustaba, giraba solo dentro de mi entorno familiar y, apenas, entre el vecindario. No pegó jamás en la escuela, no en el colegio, menos aún en la superior. La razón de ello radica en el verdadero color de mi piel: No soy blanco, pero tampoco soy negro; mi piel tiene el color de las estaciones, pero al revés. En invierno, cuando casi todo se ensombrece, mi piel se aclara; en cambio en verano, cuando hay más luz y calor, mi piel se oscurece. Un fenómeno contrastante, extraño como mi carácter, que pretende dar la contra a todo lo establecido, a todo lo obvio.
Bueno, creo que esta página se está convirtiendo en 'mi confesionario', pues sin querer queriendo estoy 'confesando' rasgos de mi personalidad y carácter que, no sé si se le puede importar algún qué a alguien.
Y, así, 'vestido' con todos mis traumas -no sé si ya los traía puestos-, con mis muchos defectos y pocas, poquísimas virtudes, vine... y aún estoy aquí!
Nota: Mi madre se congratulaba de que sus hijos hubieran nacido todos de noche o madrugada, y creo que aún se congratula, pues en la tierra de ella existe (¿existía?) la creencia que los niños nacidos en el día son, cuando grandes, sinvergüenzas y descarados, cínicos y granujas. En cambio los otros, moderados, tímidos, decentes, honrados. He anotado que es solo creencia, pues la moralidad, amoralidad o inmoralidad de los individuos, se forjan de acuerdo al entorno socio-económico-cultural en que nacen y crecen.