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lunedì 9 gennaio 2017

La Fe sin tregua de mi abuela.

Aquì encontraràn dicho lo que ya he escrito en alguna entrada pasada. Lo ya expresado con algunos agregados que mi memoria ha logrado recordar. Servirà para que mis lectores -uno o dos- logren tener una idea màs clara de la contumaz Fe de mi abuela. Una Fe Pura y Dura, inquebrantable, sin recreos, tenaz, obstinada, sin tregua..
No sè cuàn religioso era mi abuelo, no lo conocì. Sè que era mùsico, que tocaba para la Banda del Municipio de su natal Llata. Este dato me dice algo, pero prefiero dejar mis impresiones en el teclado.
En cambio mi abuela, sin ninguna duda, era una mujer muy devota. Aparte de asistir a misa cada mañana, era infaltable en los rosarios cada tarde, y en las novenas y fiestas patronales de la iglesia del barrio.
Su devociòn por el Divino era visible, casi palpable, clara evidencia de ello era el Santo Rosario que llevaba consigo y la Santa Biblia que conservaba en su velador.
Aparte de devota, era tambièn muy humana y caritativa, preparaba dulces y comidas para llevar a las iglesias en ocasiòn de fiestas o para matrimonios y bautizos de amigos y conocidos. Tenìa un semblante serio, no se reìa a carcajadas por ningùn motivo. Ante las bromas y chistes con que solìan solazarse sus hijos, solo sonreìa dulcemente. Miràndola bien desde esta distancia en el tiempo -hablo de los años 50 e inicios de los 60s-, mi abuelita era una santa!
Vivìa sola en su casa de adobes del Jiròn Independencia. Recuerdo su huerto cercado de espinosas ramas secas de huarango, para evitar que entraran a hacer destrozos las gallinas o el perro. Solo mi abuela y el gato tenìan libre acceso. Allì cultivaba coles, cebollas, lechugas y tomates, y un arbusto de rojos ajìes que no usaba para las comidas. Creo que estaban solo para complacer a las oropèndolas*.
Sus hijos no iban a verla muy seguido, era ella que los visitaba. Me atrevo a pensar que la soledad hizo que estrechara tanto sus vìnculos con la religiòn, pero dudo que este hecho importara a Dios una fruta (un pepino), por no decir una lisura.
La vida citadina no atraìa a mi padre, por ello no fijò residencia en mi ciudad natal. A mi abuela habrìa hecho muy feliz una idea y una decisiòn al respecto, pero no se diò. Mi madre y nosotros viajàbamos con èl a los lugares adonde lo destacaban para prestar sus servicios de 'Trochero' en esos tiempos de gran auge de la construcciòn de caminos y carreteras. Las obras tenìan inicio y tenìan fin, y eso era causa de un incesante ir y venir. Cuando en ese ir y venir tocaba pasar por Huànuco, 'invadìamos' la casa de la abuela e inundàbamos con nuestras presencias y con nuestros gritos y algarabìa todos los espacios de la casa de adobes. "Ha llegado el circo...", decìan mis tìos, con cierto tono de burla que a mi padre no importaba, y menos aùn a mi madre. Mi padre era feliz con la vida que llevaba, mi madre igual y nosotros lo èramos tanto como ellos.
De los gastos, mientras estàbamos con mi abuela, se encargaba mi padre, pero no sè si eso era un alivio para ella. Desconozco sus fuentes de sustento, y còmo se las ingeniaba para hacer sus obras de caridad, para mì es un misterio hasta hoy. Solo sè que mi padre dejaba una buena suma cada vez que partìamos.
Pero la razòn de los ùltimos pàrrafos es mi duda de cuànto la presencia de "el circo" podìa ser motivo de solaz para mi abuelita. O, si por el contrario, nuestras presencias y el trabajo extra que significàbamos eran motivo de desasosiego y preocupaciòn, puesto que 'atendernos' limitaba el tiempo que diariamente le dedicaba a Dios y a los Santos de su devociòn, y porque no es lo mismo cocinar para uno que para medio ejèrcito. De todos modos, jamàs escuchè que se lamentara en ese sentido.
Esto de 'medio ejèrcito' es una exageraciòn, pero cuando 'el circo' estaba al completo, nos visitaban mis tìos que con mi padre armaban unas fiestas con guitarra, armònica y cajòn que duraban hasta pasada medianoche, y mi abuela debìa cocinar para todos. No lo hacìa mi madre, pues ella era una nulidad en esos menesteres, solo ayudaba a mantener el fuego de la fogata, a pelar las papas y lavar los servicios. En otro post hablarè expresamente de mi madre y de su relaciòn con Dios y con la cocina.
Mi abuela, sentada en su mecedora o en el borde de su cama, con su semblante serio de siempre, contemplaba a sus herederos, escuchaba sus voces y el acorde de los instrumentos con que acompañaban sus cantos. Solo el brillo de sus ojos dejaba traslucir la alegrìa de su corazòn y el regocijo de su alma. En aquellos momentos de jolgorio y solaz de sus hijos, ella rezaba pidiendo al Altìsimo salud y bienestar para ellos. Lo hacìa impulsada por su instinto maternal y por la fuerza de su generosidad y altruismo sin fronteras. Ya daba tanto de su esfuerzo y tiempo en las parroquias, aparte de donar viveres y ropas para los necesitados. Dios podìa haber escuchado sus plegarias, al menos concerniente a sus hijos, pues no pedìa nada para ella! Y creo que ese fue el error màs grave de mi abuela: el no haber pedido nada para ella!.
Cuando una paràlisis, producto de una repentina lluvia de Marzo, la postrò en cama, sus oraciones y devociòn no le sirvieron de nada. El Altìsimo era sordo o estaba ocupado. Mi santa abuela continuaba rezando el rosario y leyendo la biblia, con la remota esperanza que el Divino se dignase dirigirle la mirada  y, quizàs, sanarla de su mal o terminar con sus sufrimientos, cosas que no sucedieron. Ella  falleciò en 1970 luego de haber soportado estoicamente el dolor y los sufrimientos que la enfermedad le causaba.
"Finalmente Dios la recogiò...", dijo mi tìa. Pero no fue Dios, fue la enfermedad que, apiadàndose de ella, le provocò la muerte.
(*) Oropèndola = pàjaros de plumaje negro, similares a cuervos, propensos a comer ajì.




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