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venerdì 24 febbraio 2017

Las ollas milagrosas de mi madre.

Yo no sé cocinar poco, medido, calculado. Cuando me toca cocinar en casa o cuando cocino en casa por el simple placer de hacerlo, siempre cocino mucho, bastante, harto. Y sobra comida para la cena y hasta para el calentado del siguiente día. No es mi intención exagerar, la cosa me viene de por sí, natural, sin quererlo. Sucede todo lo contrario con mi esposa, mi compañera, la Super Mamá de mis Hijos, ella cocina exacto o casi. Cuando la veo cocinar me viene la impresión de que alguien se quedará con hambre, que las raciones no serán suficientes. Naturalmente no sucede así, las raciones son exactas o, por lo general, sobra poco, muy poco o casi nada.
Mi 'costumbre' de cocinar abundante ha sido motivo de polémica familiar, porque en oportunidades hemos tenido que tirar la comida al cesto de los desperdicios, en verano mayormente. Más tarde, analizando con calma, hemos hallado 'la fuente' de proveniencia de nuestros hábitos y hemos convenido en que lo mío es más que eso, es una manía. La explicación está en nuestras familias de origen: Mi esposa ha vivido desde muy niña en un núcleo familiar conformado por tres y cuatro personas, y no más. En cambio yo provengo de un núcleo que triplicaba al de mi consorte. Mi madre se hizo de 7 hijos (extraño número, diría un supersticioso), con ella más éramos 8, no cuento a mi padre que siempre estaba lejos por razones de trabajo, pero debo agregar a dos primos, hijos del hermano de mi madre, y ya éramos diez!, y mi madre cocinaba para todos! Y es aquí que entran a tallar las ollas.
Las ollas con las que mi madre cocinaba eran siempre las mismas, no eran tan grandes ni tan pequeñas, creo que eran normales!, aunque no sé cuánto normales, es mejor que cada uno se haga una idea: Unas ollas suficientes para saciar diariamente a 10 personas y, en ocasiones, a doce o catorce. Sucedìa cuando nos visitaban familiares de la sierra que bajaban a la ciudad para vender sus productos o realizar gestiones. Eran las ocasiones en las cuales las ollas de mi madre tocaban el ápice de sus capacidades materialmente posibles. Muchas de esas oportunidades que hoy mi memoria evoca, me hace tener casi la certeza del prodigio de aquellos humildes instrumentos, manchados de hollín, de la cocina de mi madre. Conviene aclarar que en aquellos tiempos se cocinaba con leña. Las familias pudientes lo hacían con kerosene, del gas no se tenían noticias aún, ni remotamente.
Retrocedo mentalmente a los años de mi infancia, pubertad y adolescencia, y veo a mi madre cocinando en sus 'màgicas' ollas. La veo repartiéndonos nuestras raciones, esperando siempre colmar nuestros apetitos y siendo ella la última en servirse... "te doy un poco más?", preguntaba a cada uno de nosotros que devolvíamos nuestros platos limpios, lamidos. Mi primo y uno de mis hermanos eran siempre los que pedían repeticuá, no digo nombres. Siempre eran complacidos!
No me explico hasta hoy qué tipo de encanto tenían aquellas ollas! O era mi madre  la que obraba milagros? No sé, pero no es todo. En ocasiones cocinaba en el río, las ollas iban allá, eran las veces que mi madre lavaba harta ropa, nuestras y extrañas. Recuerdo que nos sentábamos en círculo a la hora del rancho, y recuerdo que a poca distancia se emplazaban, a veces uno, a veces dos indigentes. Nosotros éramos pobres, pero seguramente aquel o aquellos lo eran más. El tierno corazón de mi madre se compadecía de los desafortunados..., y los llamaba..., y les alcanzaba un plato de comida! Es decir, las ollas de mi madre eran inagotables!, verdaderamente prodigiosas!



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